De la guarda - de José Buil Quejigo


Llegó cansada, el día había sido largo y el frío, que se había instalado esos días en el ambiente, se le había colado en sus huesos, dejándole una sensación desagradable. Se dirigió a la cocina y se preparó una copa de vino, suave, fresco... El color dorado del líquido hacía juego con su pelo y sus ojos color café observaron como la última gota resbalaba por la copa; la recogió con su dedo y se lo llevó a la boca, saboreándola y quizá dejando ese dedo más tiempo de lo normal, deleitándose en recuerdos de placeres carnales últimamente olvidados. Dirigió sus pasos hacia el baño y abrió de par en par los grifos, dejando que el agua caliente llenara la bañera. Lo necesitaba, un baño reparador y que la espuma limpiara los restos de la batalla diaria. Y mientras ponía una música relajante en el ambiente, este se llenaba de vapor, formando una cortina tenue que casi impedía la visión... Pero a él no, él veía más allá, sabía que no podía verle, aún no, pero eso iba a durar poco. Observó cómo se desnudaba, su espalda, su cintura, su culo, sus lunares. Se los había contado infinidad de veces, los consideraba su pequeña constelación de estrellas. Vio cómo se introducía en el agua y se relajaba mientras daba un largo trago a la copa y se imaginó siendo ese preciado líquido entrando en ella y esparciéndose por el interior de su cuerpo. Había llegado la hora de darse a conocer; se acercó a ella por detrás y mientras le acariciaba el pelo, le susurró al oído palabras dulces y melodiosas.
No se sobresaltó, es como si lo esperara, como si lo estuviera deseando, como si supiera que él siempre había estado allí y se dejó hacer. Y él siguió, la besó suavemente en la oreja, en la cara, en el cuello, en los hombros, húmedos por el agua, mientras sus manos iban recorriendo ese mismo camino en dirección a su pecho, acariciando con suavidad la piel, notando como se erizaba por momentos a dicho contacto. Sus bocas se encontraron, los labios, las lenguas, suavemente al principio, pero, poco a poco, con más pasión, pequeños mordiscos, placenteros dieron paso a un contacto desenfrenado mezclando sus salivas. Sus dedos notaron como sus pezones se endurecían y temblaban bajo su presión. La sujetó de la cintura mientras se introducía en ese pequeño espacio, acomodándose a una posición en la que tuviera fácil acceso a su más íntimo secreto y hacia él dirigió su mano.  Lo acarició suavemente, con mimo, deleitándose en todo su contorno y protuberancia, notando como se humedecía a pesar del agua que lo rodeaba y escuchó un pequeño gemido de ella al introducir sus dedos en ese volcán. Se entretuvo allí el tiempo suficiente para saber que estaba preparada para unir sus cuerpos en uno solo y entonces, en ese momento, la levantó sobre sí y dejó que se enganchara en él como una pieza de relojería. Y como el movimiento del engranaje que funciona a la perfección, con sus correspondientes vaivenes, se dejaron llevar hasta conseguir que sus líquidos internos se mezclaran en una fusión de placer y sensaciones. Recuperando poco a poco la respiración tras el esfuerzo, ella le dijo: 
—No sé quién eres, pero creo que siempre estabas ahí... 
—Era tu ángel de la guarda —le contestó—, pero me enamoré de ti y renuncié al puesto; ahora quiero ser tu diablo de la guarda...
Y la besó apasionadamente mientras la abrazaba tan fuerte como unas alas pueden hacerlo…