Llegó cansada, el día había sido largo y el
frío, que se había instalado esos días en el ambiente, se le había colado en
sus huesos, dejándole una sensación desagradable. Se dirigió a la cocina y se
preparó una copa de vino, suave, fresco... El color dorado del líquido hacía
juego con su pelo y sus ojos color café observaron como la última gota
resbalaba por la copa; la recogió con su dedo y se lo llevó a la boca,
saboreándola y quizá dejando ese dedo más tiempo de lo normal, deleitándose en
recuerdos de placeres carnales últimamente olvidados. Dirigió sus pasos hacia
el baño y abrió de par en par los grifos, dejando que el agua caliente llenara
la bañera. Lo necesitaba, un baño reparador y que la espuma limpiara los restos
de la batalla diaria. Y mientras ponía una música relajante en el ambiente,
este se llenaba de vapor, formando una cortina tenue que casi impedía la
visión... Pero a él no, él veía más allá, sabía que
no podía verle, aún no, pero eso iba a durar poco. Observó cómo se desnudaba, su espalda, su cintura, su culo, sus lunares. Se los había contado infinidad de veces, los consideraba su pequeña constelación de estrellas. Vio cómo se introducía en el agua y se relajaba mientras daba un largo trago a la copa y se imaginó siendo ese preciado líquido entrando en ella y esparciéndose por el interior de su cuerpo. Había llegado la hora de darse a conocer; se acercó a ella por detrás y mientras le acariciaba el pelo, le susurró al oído palabras dulces y melodiosas.
no podía verle, aún no, pero eso iba a durar poco. Observó cómo se desnudaba, su espalda, su cintura, su culo, sus lunares. Se los había contado infinidad de veces, los consideraba su pequeña constelación de estrellas. Vio cómo se introducía en el agua y se relajaba mientras daba un largo trago a la copa y se imaginó siendo ese preciado líquido entrando en ella y esparciéndose por el interior de su cuerpo. Había llegado la hora de darse a conocer; se acercó a ella por detrás y mientras le acariciaba el pelo, le susurró al oído palabras dulces y melodiosas.
No se sobresaltó, es como si lo esperara, como
si lo estuviera deseando, como si supiera que él siempre había estado allí y se
dejó hacer. Y él siguió, la besó suavemente en la oreja, en la cara, en el
cuello, en los hombros, húmedos por el agua, mientras sus manos iban
recorriendo ese mismo camino en dirección a su pecho, acariciando con suavidad
la piel, notando como se erizaba por momentos a dicho contacto. Sus bocas se
encontraron, los labios, las lenguas, suavemente al principio, pero, poco a
poco, con más pasión, pequeños mordiscos, placenteros dieron paso a un contacto
desenfrenado mezclando sus salivas. Sus dedos notaron como sus pezones se
endurecían y temblaban bajo su presión. La sujetó de la cintura mientras se
introducía en ese pequeño espacio, acomodándose a una posición en la que tuviera
fácil acceso a su más íntimo secreto y hacia él dirigió su mano. Lo acarició suavemente, con mimo,
deleitándose en todo su contorno y protuberancia, notando como se humedecía a
pesar del agua que lo rodeaba y escuchó un pequeño gemido de ella al introducir
sus dedos en ese volcán. Se entretuvo allí el tiempo suficiente para saber que
estaba preparada para unir sus cuerpos en uno solo y entonces, en ese momento,
la levantó sobre sí y dejó que se enganchara en él como una pieza de relojería.
Y como el movimiento del engranaje que funciona a la perfección, con sus
correspondientes vaivenes, se dejaron llevar hasta conseguir que sus líquidos
internos se mezclaran en una fusión de placer y sensaciones. Recuperando poco a
poco la respiración tras el esfuerzo, ella le dijo:
—No sé quién eres, pero
creo que siempre estabas ahí...
—Era tu ángel de la guarda —le contestó—, pero
me enamoré de ti y renuncié al puesto; ahora quiero ser tu diablo de la
guarda...
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