"Temblores" - V - Inanición afectiva


— V 
Inanición afectiva



Raquel te dijo hablemos después de clases y tú dijiste sí porque nunca has sabido decir que no. La idea de decepcionar a otros, de que sientan el peso en sus pechos al oír tu negación, te quiebra.
Tal vez tu problema es que tienes demasiados sentimientos. Raquel es la persona más bonita que conoces y la odias un poco por eso porque su cara es un recuerdo constante de lo mal hecho que estás, así que mientras ella se sienta al otro lado de la mesa, con las bebidas entre ustedes, tú solo piensas que te gustaría arrancarte la piel con las uñas. Tu bebida es transparente y tiene cero calorías y la de ella le dejará los dientes amarillos y aun así te sientes juzgado.
—¿No vas a decirme nada? —dice ella. Tiene la voz suave y las uñas limadas y limpias. Tú tienes manchas de corrector y tinta entre tus dedos.
—No tengo mucho que decirte —respondes, pero la voz te tiembla y te sale aguda. Raquel te sonríe, amarga.
—¿Seguro?
Esa es una gran pregunta, Gaspar. Hay cosas que tienes para decir, pero no sabes si es apropiado decírselas a Raquel y aquellas que sí quieres que ella escuche están atrapadas en algún lugar entre tu boca y un pozo de dos metros de profundidad lleno de dudas y orgullos vacíos.
—¿Quieres que te pida disculpas? —preguntas, más agresivo de lo que deberías. Raquel toma un sorbo de su botella mientras a la tuya se le va el gas y una familia de cuatro pasa al lado de la mesa, discutiendo algo que pasa por encima de tu cabeza.
—No —dice ella—. Solo quiero saber qué opinas de Adrián.
Hay algo pesado en esa pregunta, algo que te dice que midas tus palabras, pero tú estás exhausto y quieres dormir una eternidad y media en lugar de lidiar con esto. Te sientes sucio y enorme, como si pesaras tres veces lo que dice la balanza.
—Es súper hueón.
Raquel ríe, casi histérica, y por un segundo juras que tiene los ojos enrojecidos. Intentas que no te importe. Te importa. Estas cosas siempre te importan, aunque tú las hayas provocado.
—Me dijo que te quiere caleta —te dice y tú tienes la sensación de que esas son las palabras que ella esperaba escuchar de tu boca, pero tú nunca oíste a Adrián mencionar a Raquel excepto cuando tú necesitabas quejarte de su existencia porque te sentías incómodo ante su presencia queda en el dormitorio de Adrián, entre su perfume y sus regalos y sus mensajes en su teléfono. Y Adrián siempre la defendía. ¿Te habrá defendido a ti ante Raquel?
—No sé yo de eso.
—Debes saber, estuvieron tirando desde cuándo… ¿el año pasado?
No respondes. Te lo dijo tantas veces, sin embargo, ahora todo eso suena lejano y un poco más que falso.
—Tú haz lo que quieras —murmuras, la mirada fija en tu botella que ni has tocado—. Me da lo mismo. No le volveré a hablar. Tú decide si lo pateas o no. Ya no es mi problema.
—Eso no es lo que quiero conversar contigo —replica ella, impaciente—. Lo que quiero saber qué es lo que Adrián siente.
Y tú te preguntas, Gaspar, qué se sentirá que a alguien le importe cómo te sientes. El mundo se encoge un poco, se vuelve más silencioso mientras tú hablas, mientras dices que Adrián es un poco nostálgico, un poco torpe, un poco pretencioso, pero que tiene buenas intenciones escondidas bajo capas y capas de miedo. No sabes de qué es ese miedo, pero puedes intuirlo. Tú le tienes miedo a la vida y Adrián debe tenerle miedo a la libertad. Así funcionan las cosas.
Tu bebida ya no tiene gas cuando terminas de hablar. Ya nada tiene sabor cuando quedas callado y Raquel tiene los ojos húmedos y te mira con algo que no has visto en los ojos de una persona antes. No sabes describirlo y te hace sentir solo y pequeño porque está tomando esta situación demasiado bien como para tener tu misma edad. Si hubieras estado tú en sus zapatos probablemente estarías en un retén de carabineros.
—¿Eso es todo lo que querías?
—Sí. Eso es todo.
—Okay.
Prometes no volver a hablarle a Adrián. Te da pena y te odias por sentir pena.

Como no tienes amigos a los que les puedas contar estas cosas sin que te vomiten encima o te intenten asesinar, acabas sentado en una plaza de nuevo mientras Javier toca la guitarra y la gente le deja monedas de un peso en una cajita desarmada. Es fácil decirle cosas raras a personas que no conoces.
—Te lo puedo decir porque apenas te conozco: soy gay.
—Oh —dice él, pero suena a cortesía más que a sorpresa. Intentas no ofenderte.
—Me he estado tirando a uno de mis compañeros de curso por meses. Y ahora su polola se enteró.
—Qué cresta, ni mi vida es tan interesante.
—Es porque no te gusta el pico.
Javier se ríe de manera tan violenta que debe interrumpir su canción a la mitad. Sonríes porque siempre te ha gustado hacer a la gente reír, considerando que no eres alguien particularmente chistoso. Néstor es el que tiraba los chistes buenos. Tú eras el que los amargaba.
—Igual, feo de tu parte hacer eso —dice Javier y tú no respondes porque piensas lo mismo. Él te mira con curiosidad—. ¿Qué vas a hacer?
—Parar.
Te sonríe de ese modo que lo hace, como una burla escondida a todo lo que te forma como persona. Está tan convencido de su superioridad, te parece, o quizás es tu envidia hablando por ti, incapaz de soportar a alguien que no se detesta. Javier se siente con el poder de juzgar a su compañero de curso por su esfuerzo, ¿qué le impide reírse de ti para sus adentros? Te vio en el momento más patético de tu vida. No le puedes tener respeto a una persona si esa fue su carta de presentación.
—Parar porque te pillaron. Bien maduro.
—No es tan así...
Javier no te responde y empieza a tocar otra canción y tú te quedas con el enojo en la garganta.

Decides hacer todo breve e ir donde Adrián ese mismo día, antes de tomar once. No puedes evitar correr porque el nerviosismo te está corroyendo los huesos, dándote chispazos de adrenalina incontrolable. La mamá de Adrián ya te conoce y te sonríe con amabilidad y tú por primera vez sientes vergüenza mientras esperas a que te deje pasar a su dormitorio.
Adrián te recibe como siempre, pero hay un peso en sus movimientos, en la forma en que sus ojos no pueden quedarse quietos en un solo lugar, que te revela lo importante que es esto para él, y así de rápido tu ansiedad se va. Estás aquí para arrancar corazones, para ser cruel. No eres la víctima, Gaspar.
Tienes pena y Adrián tiene miedo. Esa ha sido la fórmula de la relación que han sostenido durante todos estos meses: tú gritas y él tiembla. No sabes qué quiere de ti, pero tampoco sabes qué espera de él mismo, y tal vez eso es lo que hace tan difícil el ser honesto y decirle que ya es suficiente, que crezca, que piense en Raquel. Sería hipócrita de tu parte (¡piensa en Giselle!).
Pero hiciste una promesa, Gaspar, y tú no creerás esto ni ahora ni nunca, pero eres mejor persona de lo que piensas. No eres tan cruel como para partir sin unas últimas palabras. No te es tan indiferente como para vivir contigo mismo después de hacerlo pasar un tan amargo trago.
Así que ahí estás, en esta habitación en la que perdiste tu virginidad cuando tenías catorce años. Demasiado joven. Ya casi vas a cumplir dieciséis. Adrián está pálido y te observa como siempre, con esta mezcla de embeleso, terror e impaciencia que nunca terminarás de comprender. Te gustaría verte a ti mismo cuando miras a Néstor. Probablemente te ves deprimido a morir.
—Hablé con Raquel.
—Eso caché.
—Sí. Y le dije que no volvería a hablarte.
Adrián parpadea y en un segundo se ve aterrado y a ti te duele el estómago. Lo odias y quieres enojarte con él y al mismo tiempo quieres salir de allí porque no puedes con todo esto.
—¿Por qué le dijiste eso? —te preguntas y suena tan vulnerable que súbitamente solo quieres retractarte de todo.
—Porque estás pololeando con ella, Adrián, no conmigo. Yo soy la otra, prácticamente.
—Puedo terminar con ella.
—¿De verdad quieres hacer eso?
Él trastabilla antes de decirte que sí y tú sabes que su corazón no está en lo que está diciendo. Te preguntas si siempre ha sido así de inseguro, si siempre ha estado así de confundido, y luego te adjudicas el título de Rey Midas de la depresión.
—Ni siquiera me puedes responder bien —murmuras con asco y Adrián pestañea rápido. Las manos le tiemblan—. Quédate con ella, mejor, es más fácil.
—Pero yo te quiero a ti.
¿Por qué te está haciendo esto si jura quererte tanto? Has sido tratado mejor por gente que ha jurado odiarte. Al menos ellos te dan salidas fáciles y no te dejan entre la espada y la pared, entre lo correcto y lo que realmente quieres hacer.
Piensas en Néstor con su guitarra y sus canciones tristes y la voz de cantante indie y te preguntas si a él le importaría que nadie en el mundo lo quisiera y te dices que no. Con las cosas que cree, ya debe estar convencido de que está completamente solo en el mundo, que nadie nunca piensa en él. Quizás cuantas veces al día Adrián te imagina. ¿Has contado las veces que recuerdas a Néstor? ¿El color de sus ojos? ¿Las pecas en su nariz? ¿Sus uñas ensangrentadas, esa vez que te las mostró cuando tenían trece años y como te dejó correr tus manos por sus dedos?
Si Néstor estuviera bien, si Néstor no estuviera en su pieza ahora encerrado en sus alucinaciones, si Néstor no existiera, si su hermano nunca hubiera muerto, si se hubieran mantenido como amigos, si no sintieras todas estas cosas estúpidas que te dejaste sentir cuando eras más inmaduro y más romántico, esto no estaría pasando. La única razón por la que admitiste a Adrián es porque sabías, Gaspar, que Néstor no era y nunca iba a ser una posibilidad y tenías catorce años y miedo de lo solo que estabas de pronto y de la idea de que este sueño del siglo veintiuno, la casa de dos pisos con la esposa y los hijos y el Golden Retriever, todo eso era imposible para ti.
Y todavía estás tan solo y aun estás de luto por tu soledad. Raquel estaba tan triste. Adrián está a punto de echarse a llorar frente a ti. ¿Quién te importa más?
—Si de verdad me quieres —dices— deja de usarme como tu segunda opción para el día que Raquel se aburra de ti.
No quieres que salga tan tembloroso como sale, pero así es como logras decirlo.




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